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Crónica BIME Live 2017: Los polos opuestos (se) atraen

Magnetismo y contraste destacan en el cartel -inabarcable, a nuestro desquiciado pesar-, de la quinta edición del festival BIME Live. Bajo una excelente organización, congrega a miles de apocalípticos e integrados en armonía, gracias a las propuestas abismales y exquisitas de Bill Callahan, Einstürzende Neubauten y Exquirla; así como los agitadores de masas Royal Blood, Franz Ferdinand y The Prodigy.

Viernes 27

Tras un concierto de sonido irregular en el Hika Ateneo la víspera del BIME Live, a solas junto al batería Pibli, Pablo Und Destruktion se despliega “Puro y ligero” sobre el escenario. Esta vez acompañado de su poderosa banda con la excepción de su bajista, que sufrió un ataque de vértigo días antes, “una enfermedad muy rock”, apunta con irónica resignación Pablo G. Díaz. Los dos guitarras -pluriempleados con sintes-, el batería y él se arreglan estupendamente, si bien si se sitúan bastante alejados los unos de otros.

“Mis animales” invoca una soberbia atmósfera galopante hacia… ¿la redención? Quizá. El final de este tema de su álbum Vigorexia emocional termina con una especie de canto chamánico que deja al público en un asombroso –e inusual- silencio expectante.

Pablo pide más intimidad al “amigo de las luces”. Parece encontrarse más cómodo al calor de las tinieblas. De hecho, su recital en el Hika Ateneo comenzó con una luz roja cabaretera que acabó por hacer un fundido a negro a petición del cantautor asturiano.
“Extranjera” es de una belleza dolorosa, que nos regala porque nos estamos portando bien y escuchamos en silencio, valora con cierta sorna el músico, agradecido al BIME y al “pueblo soberano”. Con la misma socarronería dedica la sentida “Voy a dejarlo todo” al bajista ausente, “esté donde esté”, bromea.

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Pablo Und Destruktion camina en círculos, encorvado y despacio, cual vago fantasma de Chuck Berry. Solo que él no es un fantasma, sino huesos y carnaza. Y materia oscura. Sobrecogedor eco final en el verso “hasta desaparecer”, que inunda todo el recinto. Pide menos luz todavía. Sus letras y su música bastan para iluminar(nos). Espiritualidad por la vía contemplativa (que no sintética). Si alguien puede predicar en el desierto, es él.

Más que oportunas y desgarradoras suenan “Pierde los dientes España” y “Busero español”, que enlaza con la descomunal “El enemigo está dentro”, de su último álbum Predación; suena pluscuamperfecta y a mayor velocidad. “Pelear es la única ley” se antoja un salmo políticamente incorrecto, y por ende, necesario. Los tres cuartos de hora se quedan cortos pero al menos no falta “A la mar fui a por naranjas”, canción de su niñez que le cantaba su madre. De nuevo, se pasea a cámara lenta por el escenario, como si tratara de extender la corrosión de su guitarra por un radio mayor. “¡Tiene trueno!”, percibo decir a alguien del público. ¡Bendito sea el trueno! ¡Menos luz!

Por una cuestión de pura física cuántica, nos perdemos no sin pena el bolo de Anari. Atisbamos sin embargo la belleza taciturna de “Autodefinitua”, de su formidable trabajo de título apocalíptico (Epilogo bat, 2016, Bidehuts). Dedica este tema a “la república catalana”, para el regocijo del público.

Oscurece y comienza a fraguarse la fiesta a ritmo de Meute, vestidos tipo major para la ocasión. La banda alemana ha llevado su “tecno-marcha” por el centro de Bilbao a primera hora de la tarde. Xilófonos XXL, amplia gama de vientos, tintes electrónicos y explosión de buen rollo con los que se nos van los pies (y con ello la vergüenza).

En el extremo opuesto, el intimismo folkie de Mark Eitzel se torna algo desangelado ante un escenario Antzerkia quizá demasiado grande para este tipo de propuesta. Curioso cómo algunos de los presentes siguen este concierto en las gradas mientras dan buena cuenta de noodles (fideos con cosas, para los no-modernos), fajitas o bocatas de tortilla de esos que revitalizan cuerpo y mente. Buen provecho.

La tregua termina en cuanto el dúo sanguinario Royal Blood irrumpe en el escenario. A Mike Kerr (voz y bajo) y Ben Thatcher (batería) les acompañan dos coristas y se traen además un repertorio de luces para iluminar tres navidades consecutivas (de hecho, deslumbran demasiado). Elección acertada la de empezar el bolo con clase soul gracias a la exquisita “Down in Mexico”, de los entrañables The Coasters (“aaaah… doo-wop, doo-wop”). Esto promete. Thatcher se pone en pie, desafiante ante el público, justo antes de barrernos con “How Did We Get So Dark?”, uno de los trallazos del álbum homónimo con el que están girando en la actualidad. Su nuevo trabajo contiene carne de hit como “Come On Over”, “You Can Be So Cruel” o “Little Monster”, que se llevan al público directamente al bolsillo. Seducen con sus temas contundentes, que beben unos chupitos de Black Keys, edulcorados con coros y destellos rollo QOTSA. Solo de batería ultrasónico, comienzan las palmas y el rock stardom. Apoteosis final con la explícita e incontestable “Out Of The Black”.

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Mutis por el foro hacia Bill Callahan, la antítesis de la parafernalia rock. A la guitarra desnuda del que fuera miembro de Smog se le une, a ratos, la guitarra eléctrica de su colega Matt Kinsey; que le otorga empuje a un recital de un intimismo imponente, casi incómodo, además de cierto halo surf rock en contadas ocasiones. No tarda en llegar la esperada “America!”, envuelta en el silencio sepulcral del público, que derivará en una merecida ovación a su término. Callahan elabora melodías sencillas y plácidas, pero sus letras son descarnadas: no hay más que contemplar su expresión facial cuando canta, a veces incluso parece autodesfigurarse la cara, esbozando muecas histriónicas que no son más que el reflejo de emociones puras y sin destilar, como en “Ride My Arrow” y “One Fine Morning”. Hace años admitió su condición de “artista”, tal vez a duras penas, pues no es un artista al uso, sino un trovador apacible y atemporal, que transita por carreteras solitarias donde reina el “silencio rural”. Alarga sus temas, no tiene prisa. Los acordes se repiten, los silencios tienen tanta o quizá más presencia y riqueza que sus versos. Pura intensidad sin artificios ni efectos especiales.

Ride convence desde el primer tema con su pop sólido y sus cálidos aires del gélido Madchester. Tablas y elegancia en “Lannoy Point”, tema de apertura de su nuevo álbum, el más que recomendable Weather Diaries (Wichita, 2017). Pop mayúsculo y alentador (“seremos más sabios cuando caigamos”). La voz melosa de Mark Gardener se ensambla con coros armónicos y psicodelia de melodías centrifugadoras (“Charm Assault”, “All I Want”).

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Ausencia de la base electrónica que predomina en el disco, la cual no echamos de menos en absoluto. Melancólica introspección en temas como el que da nombre a su nuevo LP, subsanados por la artillería pesada de temas veteranos como “Seagull”, donde la banda hace gala de su buena forma y se le acaba yendo la olla en una catártica outro instrumental. Azúcar… de caña y, ante todo, una grata sorpresa shoegaze.

Apenas transcurre la medianoche y el escenario Antzerkia se llena de expectación ante la actuación de los vanguardistas Einstürzende Neubauten. Vestido con impoluto traje y descalzo, el hierático líder de la banda alemana Blixa Bargeld empieza a entonar la inquietante “The Garden” y comprendemos enseguida que este no va a ser un concierto más. Teclados hirientes, batería de hojalatas imposible, afiladores, una amalgama de percusiones a base de tubos metálicos –a la venta en cualquier ferretería, señala el cantante- y la imponente sonoridad vocal de éste, que interpreta con cuidada solemnidad cada estrofa y cada pausa, gritos líricos y voces de ultratumba incluidos. Esto sí que es verdadera industria musical, toda una experiencia para los sentidos. Sinfonía de ferralla que no es fácil de escuchar a priori, pero que esconde una belleza desconcertante y mucha más armonía de la que cabe esperar. Ritmos plomizos para ilustrar una pesadumbre postapocalíptica que va in crescendo y que, o te repele (hay quien abandona el recinto al cabo de un par de temas) o te atrapa sin remedio. Blixa intercala inglés y alemán, a veces en la misma canción (“Dead Friends”, la cual concluye con un chillido estridente como si estuviera poseído, que recibe un gran aplauso de un público ya hipnotizado).

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Blixa, cual Leonard Cohen tenebroso, relata con majestuosa y convincente destreza sus historias para no dormir. Entonación e intención. Desde luego, nos costará conciliar el sueño después de este despliegue de cachivaches y sonidos atípicos (“Insomnia”). Por cierto, mención especial a todo el equipo encargado del rider y de la logística de esta banda. Ha tenido que ser un auténtico… reto (ejem).

Tras una breve introducción a la bricomanía para dummies, el certificado europeo de los tubos que se han traído para su peculiar orquesta recuerdan a Blixa el espinoso asunto del Brexit, y comenta que musicalmente hablando, “están jo#%6%os” (fucked).

El que fuera semilla de los Bad Seeds de Nick Cave también nos cuenta anécdotas como la vez en que compusieron una canción para una película y los productores la escucharon mientras conducían “y casi tienen un accidente”. Así que tuvieron que hacer un par de arreglos, se entiende. Sólo hay que escuchar “Sabrina” –incluida en la banda sonora de The Last Light (2014)- para saber a qué se refiere…

Nos dejan literalmente sin aliento con el lamento colosal “How Did I Die”. El estado catatónico al que nos inducen los Neubaten hace que pasemos de largo y puntillas por la electro-fusión de Metronomy y Orbital. Parece que los beats no pueden combatir ahora el efecto de los clavos (ardiendo) cayendo.

Fotos: Oscar Tejeda / Tom Hagen (BIME / Last Tour)

Sábado 28

La segunda jornada del BIME Live comienza de lo más festiva con las irreverentes Bistecs. Tras este tempranero despliegue de fiesta plastico-sintética, los británicos Idles entregan su cuerpo a las pastillas a la vez que piden perdón por sus pecados. Well done! Con pose de niño malo pero educado, el cantante de esta banda Joe Talbot es pura rabia contagiosa. Se autodenominan una “angry band” (banda enfadada) y presentan su primer LP Brutalism, que es literalmente eso, brutal. Se vende bajo el manido reclamo de álbum punk del año, y servidora lo suscribe sin titubeos. Cabe mencionar que, tras este bolo, se publica la versión en vinilo a partir de las cenizas de la difunta madre de Talbot.

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El público recibe al principio con fría distancia esta banda sonora del enfado de la clase obrera. “Somos los Cold Play de los pobres”, ironizan (también dicen ser The 1975… ¡geniales!). Al final llaman al pogo y abrazamos su caos. Y entonces se produce la conexión banda-público… Pero siempre hay alguien que se empecina en romper la magia. Un excesivamente receloso miembro del equipo de seguridad no deja de atosigar al público rebelde y fumador… y de molestar al no-rebelde y no-fumador. Señor de la seguridad, si el guitarrista se emociona y quiere lanzarse al público, ¡deje que se mate! Es lo que queremos, ¿vale? No que se mate, pero sí desquitarnos. Es nuestra válvula de escape. Así que haga el favor de coger su linternita toca-cojones y váyase a ver Cold Play. Gracias.

Ira contenida, gritos, lapos y licor. El elixir mundano. Las alusiones a la madre fallecida del cantante, la crisis económica y la depresión son una constante en este álbum-bofetada (altamente inflamables “Mother”, “1049 Gotho”).

La vena carótida de Talbot transporta mala leche en la demoledora “Divide and Conquer”, y el resto de la banda le acompaña en esta travesía tempestuosa. Se vuelven locos e intercambian papeles: el guitarra toca la batería, el batería canta, el cantante coge la guitarra… El bajo a su bola, como siempre (si bien tendrá su momento de gloria con un speech final en el que bromea acerca de su deslucida condición de bajista). También nos regalan un divertido y acrobático Pressing Catch, así como una retorcida postura de yoga a cargo del carismático cantante. Puro punk fraguado en pub de barrio. “¡Dejad de haceros putas fotos a vosotros mismos!”, nos aconsejan, sabios. Despotrican de la prensa (un clásico) y se ríen hasta del reggae.

Un auténtico lujo ver en directo a esta banda que ya tiene agotadas entradas en salas de territorio anglosajón para la primavera del año próximo. Y sí, aún se puede transgredir. Agotados del subidón de adrenalina y cianuro, respiramos tranquilos (salvo el señor de seguridad, histérico en su ortodoxia).

El flujo de gente es notablemente mayor con respecto a la jornada anterior, y culpamos de ello a los llena/rompe-pistas Franz Ferdinand y The Prodigy. Apuestas, hasta la fecha, seguras y masivas.

De nuevo, por motivos cuánticos nos perdemos la innovadora propuesta del combo de Zarautz Delorean, que presenta su versión electrónica del repertorio del gran Mikel Laboa, un álbum-homenaje que verá la luz este mismo mes de noviembre.

Los trallazos de Idles provocan que el supergrupo BNQT nos suene blando y apto para todos los públicos. Un rubio platino Alex Kapranos hace una aparición estelar, pero parece querer reservarse para darlo todo más tarde junto a su renovada banda Franz Ferdinand. No obstante, este collage con miembros de Travis, Midlake, Band of Horses y Grandaddy se las apaña bastante bien con el bailable y edulcorado soft-rock (con la venia) de su reciente álbum debut Volume 1, que incluye inquietantes declaraciones de amor bananeras (“Hey Banana”, temazo) y ritmos más folkies como “100 Million Miles” o “Fighting The World”.

La intensidad de Exquirla nos arrastra, y parece que a un nutrido grupo de fans y curiosos varios, también. La ecuación post-rock (Toundra) y flamenco experimental (Niño de Elche) no dejan indiferente a nadie. El atípico cantaor recita e interpreta en perfecta sintonía con la tormenta de cuerdas y percusión de la banda “más pesada del mundo”, según confesaron en una reciente entrevista. Como ejemplo, “Destruidnos juntos”, donde el quejío vital “Porque nada sé de tiiiii…” se funde con la fórmula apisonadora de la banda.

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Introspección, profundidad y sentimiento. Se nota la minuciosidad tras el laborioso LP que hoy presentan (Para quienes aún viven, 2017). La progresión sinfónica en “Los hijos de la rabia” se desata irremediable, pero a la vez aguantan el tipo. Contención. Asiente Niño de Elche, lleva la batuta con su cuerpo; el ritmo, con su alma. Ecos imposibles y virguerías de todo tipo al micro –que se come, literal-; genio y arte escénico. Es increíble con qué pasión siente la música. Los de Toundra la comparten. Se despiden con la desgarradora “Un hombre”, letanía que los presentes encumbran y ovacionan.

Al otro lado, la pista de baile lleva una media hora a tope con los hits de Franz Ferdinand. Pese a su más reciente trabajo Right Thoughts, Right Words, Right Action (2013) y el nuevo LP en camino Always Ascending, ambos bajo el sello Domino, siguen conquistando con unos clásicos en estado óptimo (si bien suenan algo abigarrados desde el fondo sur). De hecho, la banda ha sido laureada en los Premios Fest con el Mejor Directo del año.

Pegadizamente sexis suenan “Love Illumination”, “Michael”, “Ulisses” -rock con ramalazo techno y la-la-la de estadio-, y el hit por antonomasia “Take Me Out”, que el bueno de Kapranos dedica a su banda BNQT, a quienes les desea buena suerte para el resto del tour.

Cantos a coro (algo desigual a veces), un eléctrico y saltimbanqui Alex Kapranos y ritmos bailongos. Ya no hay quien mitigue este fuego (“This Fire”), con el que se despiden los escoceses, si bien Kapranos bajará después a ver a pie de pista –aunque desde lejos- a The Prodigy.

La propuesta electro-punk (¿punk?) de los ingleses The Prodigy no parece haber evolucionado mucho, pero lo cierto es que es el concierto más multitudinario del festival (esta jornada congregó a unas 15.000 personas en total, según datos oficiales). La gente quiere bailar, somos carne de rave. Cuales monos fuera de control y cultivados en el gimnasio, los cantantes Keith Flint y MC Maxim no dejan de brincar y de espolear al público. Por cierto, parece que no pasan los años por ellos (ni por su música).

Maxim, el pobre hombre, no deja de repetir un desafortunado “Where’s my Spanish people?” (¿Dónde está mi gente española?). Menos mal que no está en Barcelona. Glubs.

Tiran de repertorio revival: “Firestarter”, “Nasty”, “Voodoo People”, “Breathe”, “Smack My Bitch Up”… Algunos de estos temas están incluidos en el disco The Fat of the Land, el cual cumple su vigésimo aniversario.

Al cabo de media hora, todo suena más o menos igual. Percusión imbatible –el denominado big beat-, hormonas disparadas, llamadas al desorden y repetir si se desea. Apelan a lo más básico y su música no escatima en simple carnaza, pero no por ello menos demoledora. Luces espasmódicas, reacciones espasmódicas. Estos agitadores propulsados por energía nuclear terminan repartiendo botellines de agua entre los presentes.

Digna de admiración es la arquitectura lumínica de Vitalic, que deslumbra con “ODC live” a un público entregado a la fiesta. A las tres vuelven a ser las dos, una hora extra para seguir bailando al ritmo de Viktor Ollé y Mano Le Tough.

Exhaustos y satisfechos, despedimos con prematura nostalgia un festival intenso y de calidad. Ya están a la venta los bonos de la próxima edición, para los más avezados e impacientes.

La fórmula del éxito es una mezcla de avidez, esfuerzo, constancia, alineación de astros y, sobre todo, actitud. Y si no, que se lo pregunten a una de las estrellas invitadas al BIME Pro, Sir Seymour Stein, cofundador de Sire Records y fan acérrimo de Duncan Dhu: “No canto, no compongo música, no toco ningún instrumento. Esto me ayudó: no busco la perfección”. Touché.

Fotos: Oscar Tejeda / Tom Hagen (BIME / Last Tour)
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Amaia Santana
Periodista, autora de haikus y loser influencer, cuando no se encierra en su batcueva se dedica a ir a conciertos y a ver la vida pasar. Garage, punk, rockabilly o pasodoble, no concibe la vida sin música ni café. Colaboradora de RIB.

Un pensamiento en “Crónica BIME Live 2017: Los polos opuestos (se) atraen

  1. La cronica que haceis de the prodigy es bastante desafortunada …. eso de que 🙁 cito textual ) «al cabo de media hora de concierto suena todo igual» ,» The Prodigy no parece haber evolucionado mucho», » Apelan a lo más básico y su música no escatima en simple carnaza» …. en serio el que a escrito esto no tiene ni puta idea …. decir que liam howlett apela a lo mas basico es una aberraciòn …. prodigy en sus 6 albums de estudio siempre han hecho un sonido diferente e innovador (quizas los dos ultimos discos tienen un sonido muy parecido eso es verdad») pero siempre han intentado innovarse en el transcurso del tiempo ya que la escena electronica cambia a medida de que pasan los años …. y ha sido es y serà una de las mejores bandas electronicas(quizas la mejor) de todos los tiempos como lo llevan demostrando mas de 20 años …. bueno y ya el comentario de ..( cito textual ) «Maxim, el pobre hombre, no deja de repetir un desafortunado “Where’s my Spanish people?” (¿Dónde está mi gente española?). Menos mal que no está en Barcelona. Glubs.» …. maxim siempre dice en sus conciertos «wheres my ( el pais donde esta) people? » y lo de menos mal que no esta en barcelona ya no merece no opinion ….lo que faltaba mezclar la politica con una cronica de un concierto no se con que intencion ……en fin mas respeto por la musica y menos decir gilipolleces ….jajajajaja ..venga suerte

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