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Ainara LeGardon: “Creo que los silencios tienen mucha más fuerza que cualquier distorsión”

Foto: Álvaro Sanz

El a veces otorgado con demasiada facilidad epíteto de “especial”  hacia un creador, en el caso de Ainara LeGardon se hace indispensable de traer a colación. Ahí están  sus discos -aunque no solo ya que también es fructífera en apariciones bajo experimentaciones sonoras- para atesorarlo, y concretamente su más reciente publicación, la sexta, de homónimo nombre. Abrazando en este caso el castellano como idioma vehicular de sus nuevas composiciones, no acaban ahí las novedades, porque a su habitual alineación de músicos acompañantes se suma, y de forma capital, Xabier Erkizia, colaborador necesario para el resultado definitivo. Arañando a base de distorsionados riffs, imponiendo el silencio, o bajo el sendero del minimalismo, su rock explosiona en este álbum bajo un carácter experimental e improvisado. Partiendo desde los sombríos e íntimos parajes en el que pueden habitar Anari o Thalia Zedek, su estilo esquiva cualquier etiqueta, por lo que nada mejor que cederle a ella misma la palabra para que, dentro de lo posible, explique su creación…

Según has comentado éste es un disco que se empieza a fraguar sin ninguna idea preconcebida, llegando al estudio junto a Xabier Erkizia sin planes e improvisando, pero, ¿esa era la idea de trabajo que habías pensado o fue la propia experiencia conjunta la que te impulsó a darle forma de álbum?

Todo parte desde la necesidad y las circunstancias del momento. Al haber pasado los últimos años investigando en la propiedad intelectual y trabajando en el libro “SGAE: el monopolio en decadencia”, tuve que dejar en un segundo plano mi actividad musical en lo referente a la creación. No pude dedicar el tiempo que a mí me hubiera gustado a tocar, componer e ir preparada a una nueva experiencia en el estudio. Tuve que prepararme, pero para ir de otra forma: dispuesta a compartir el proceso de una manera en la que no lo había hecho hasta ahora.

Muchos temas parecen, surgiendo de una base sobria y primitiva, el resultado de una acumulación de capas sonoras. ¿Ha habido un trabajo en el sentido de saber calibrar cuándo parar, de evitar la saturación?

Eso que comentas es fundamental, y Xabier controla muy bien ese aspecto. Al final del proceso, después de ocho meses de trabajo, es difícil calibrarlo, pero creo que lo llevamos bastante bien.

Has contado de nuevo con tus músicos habituales, ¿te produce seguridad su presencia y en consecuencia una mayor facilidad para crear con total libertad?

Sí. Nos conocemos desde hace muchos años y nos respetamos y admiramos muchísimo, personal y musicalmente. Esto es básico para poder mantener la relación que nos une y forzar su crecimiento. En este disco todos hemos tenido que afrontar retos nuevos, de los cuales hemos aprendido mucho.

En esta ocasión has recurrido al castellano para tus canciones, ¿tenías la idea ya prevista o surge como consecuencia del trabajo sonoro que vas haciendo?

Antes de entrar en el estudio le comenté a Xabier que estaba comenzando a no sentirme cómoda cantando en inglés. La ayuda de Xabier ha sido fundamental, no solo para hacer convivir pacíficamente las distintas facetas musicales que latían dentro de mí, sino que la transición al castellano se produjera de forma natural.

Sin embargo en la nota de prensa dices: “Salgo del estudio cantando en otro idioma”, ¿te resultó raro escucharte cantar en una lengua, digamos, extraña?

Claro. Al principio cuesta encajar la voz. Te escuchas y crees que estás escuchando a otra persona. Hay que trabajar el nuevo instrumento hasta que lo domas y lo sientes natural. El proceso fue relativamente corto, teniendo en cuenta mis expectativas. Pronto empecé a sentirme natural y a olvidarme de cómo lo hacía antes.

A pesar del idioma, no logras poner un título, o quizás eliges tu propio nombre; no sé si eso habla de una identificación más personal con el contenido, o lo contrario…

Es el disco en el que más “yo” soy, pero que menos mío es. Creo que esto explica, después de darle mil vueltas a esa cuestión, por qué tomé la decisión de titularlo así.

“Es el disco en el que más “yo” soy, pero que menos mío es”

Como siempre hay mucha presencia de los silencios, ahí están “Como lobos”, “La isla (hasta quebrar)” o “Déjalo”. ¿De qué manera entiendes esa presencia , supone una forma, por oposición, de reforzar el ruido y la distorsión?

No, no busco los silencios como oposición al ruido y refuerzo de este. Creo que los silencios tienen mucha más fuerza que cualquier distorsión, y su uso en mi música tiene identidad y significado propio. De hecho cualquiera que haya ido a alguno de mis conciertos sabe la cantidad y calidad de silencios que se respiran y cuánto los disfruto.

En varios temas (“Como lobos”, “Déjalo”, Témpano”…) tu voz se desliza entre la música, prácticamente mimetizándose con ella, ¿trabajas en ocasiones tu voz como si de un instrumento más se tratara?

Casi siempre… tanto en este proyecto como en otros.

El último tema del trabajo, “Agota”,  en sus dieciséis minutos de duración se va desvaneciendo entre versos como “No quedan historias ni alientos”. Situada como está al cierre, ¿simboliza en parte el agotamiento de un proceso de grabación que se alargó durante meses y supongo duro?

No, para nada. El proceso no fue nada duro, todo lo contrario. Es un trabajo que hemos disfrutado mucho y en el que nos hemos divertido, yo por lo menos, como nunca lo había hecho antes en un estudio de grabación. “Agota” es una canción que ha estado a punto de no entrar en el disco porque no sabíamos muy bien dónde encajarla, aunque de haberse quedado fuera, hubiera sido mucho más difícil de encajar en cualquier otro formato. Nos gustaba mucho. Esa grabación respeta lo que ocurrió en esa primera toma, con sus silencios en los que seguimos tocando y casi se nos puede oír moviéndonos en la sala. Recuerdo que yo la estaba bailando, en silencio, con la guitarra colgando y mirando a Héctor, hasta que nos pareció que había acabado. Musicalmente dialoga con “Déjalo”, por lo que creímos importante incluirla en este disco.

Sueles recurrir, y en este disco de manera muy habitual, a la utilización de manera simultánea del  “yo” y del “tú” en tus letras, ¿se trata de expresar lo íntimo y su relación con el exterior?

Simplemente es mi forma de escribir. También está presente en los discos anteriores.

En tu carrera se entremezclan “performances”, experimentos sonoros, estudios.. ¿las canciones de un disco, este concretamente,  las consideras como  parte de ese mismo trabajo o son un aspecto diferenciado?

Son, como casi todo lo que hago, investigación y aprendizaje.

Sabiendo de tu dedicación divulgadora  en cuanto a gestión de derechos de autor, que tus discos  sean autoeditados supongo que es por encima de otras cosas una cuestión de principios…

Siempre trato de mantener una trayectoria coherente, y ese es un aspecto muy importante, sin duda. Todo lo que hago, en cualquier ámbito, “contamina”, en el buen sentido, el resto.

En tú música resulta muy importante la aportación dramática, algo que puede relacionarse con otros creadores como Anari, Thalia Zedek e incluso Inoren Ero Ni, ¿a la hora de que algo te emocione y llegue, y por lo tanto sea susceptible de influenciarte, consideras indispensable la presencia de ese elemento dramático?

No tiene por qué. Las cosas que me interesan son las que me sorprenden, las que no acierto a encajar a la primera, las que me comunican algo diferente. Creo que eso es lo que busco a la hora de situarme como público. Estamos saturados de música/arte inocuo, y hay que hacer un esfuerzo por buscar bajo la superficie todos los tesoros capaces de golpearte, de violentarte, de hacerte pensar.

Canciones como las actuales, que igual golpean desde el silencio que desde la brusquedad y la distorsión, necesitan de una complicidad y una dedicación por parte del espectador, ¿cómo  vives ese feedback en directo donde, desde mi percepción, cada vez parece más complicado encontrarse con público que respete esas premisas?

Tengo la suerte de contar con un público bastante fiel y que conoce a qué se enfrenta en ese sentido. Siento mucho respeto por parte del público y se lo agradezco, puesto que nos permite jugar con las dinámicas y las emociones de una forma muy especial. La exigencia es mutua y el resultado merece la pena.

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