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BIME 2018: Hasta los tué(nts)tanos

Fotos: BIME

La sexta edición del BIME apuesta por el folk alternativo y el corte lo-fi (y por la irrupción del trapeo del que no somos testigos). Destacamos la sofisticación absoluta de Elena Setién, la frescura sin aditivos de Rolling Blackouts Coastal Fever y la lucidez sobria de José González.

Recuerdo agridulce con Damien Jurado. El pobre miraba hacia todos lados, buscando en vano algo de silencio y/o sentido común. “What the fuck is going on?”. Que no podemos contener la verborrea, eso nos pasa, amigo. Same old STORIES en Instagram. El concepto de “experiencia” más allá –y por encima de- la música. Ya nos lo advirtió Oscar Wilde: “Experiencia es el nombre que damos a nuestros errores”.

Viernes 26

Al dúo Unclose formado por Iskandar Rementeria y David Rodríguez “Deibol” se le une Txufo Wilson a los teclados. Presentan su más reciente trabajo, el LP “The Long Tomorrow”. Tienen el siempre difícil cometido de abrir un festival a una hora temprana, 18:30h. A medida que el público llega al recinto, inundan el espacio con su postpunk electrónico y oscuro, con destacados destellos del pop más luminoso. Progresión armoniosa con poso de synth industrial en “Horses”. Gloriosa “Convex Love”, donde Rementeria cambia la guitarra por las teclas y deja a Txufo a cargo de una base muy a lo “Twin Peaks”. Desenlace obscuro y turbulento.
Fantasmagóricos y soberbios en “Rising”, tema de apertura del citado álbum y del que ya podemos ver su videoclip. Final impecable.

Mientras tanto, el escuadrón loco de un conocido brebaje para cazadores, hace acto de presencia y empieza a revolucionar al personal con fotos para la posteridad efímera de las redes sociales. Pereza.

“Me siento mayor”, le digo al afable millennial que me da un tutorial acerca de la unidad monetaria vigente en el festival, los tuents. “Me siento mayor hasta yo”, confiesa. Eso no me ayuda. No poder comprar una triste cerveza con dinero contante y sonante me produce tanto vértigo como ganas de invertir en bitcoins. Qué mariconez, que diría Mecano, por lo bajini.

La banda bilbaína Vulk se muestra intensa como siempre. El cantante Andoni pide menos luz, “¡ostia!”, pero al no acceder a su petición, decide cantar el primer tema “Second Heat”, de su nuevo LP “Ground for Dogs”, desde un lateral del escenario. Insiste en su exigencia y entonces sí, se acerca al centro de acción estándar con menos focos.

Propulsados quizá por la rabia, sus ganchos son inesquivables, tal y como se aprecia en “No Muscle”. Su público fiel se deja arengar y el ambiente se caldea.

A juzgar por el nuevo repertorio que hoy desgranan, parece que se han vuelto aún más experimentales y menos armónicos en cuanto a estructuras. O sea, más punks, si cabe. Disciplina militar en la airada ejecución, psicodelia de tempos y alguna (fugaz) evocación a King Gizzard & The Lizard Wizard.

Taladrante “Behiaren Begirada” y cautivadora “A Poison Tree”, basado en el poema homónimo de William Blake. Dejan para la última parte del bolo temas anteriores como “Brazil”, de percusión endiablada; la sinuosa “Something Internal” o la desquiciadora “Zaldia Burning”, cuyo grito de guerra ya es un clásico que vuelve loco al personal (“In a moment of clarity!”). Los cuatro jinetes del Apocalipsis se pliegan sobre sí mismos, cual equipo de rugby demoníaco que confabula antes de marcarse el tanto de la victoria. Desenlace demencial con ‘asfixia’ al batería incluida a manos del cantante.

Bajo el reciente sello de Last Tour, Oso Polita, las andaluzas Uniforms nos introducen en su álbum debut “Polara”. Actúan en el escenario Antzerkia, reservado a actuaciones más intimistas -más reducido respecto a la edición anterior-. Melosidad en su justa medida y atmósferas que beben de los cabezas de cartel Slowdive, se despiden con pura melancolía shoegaze vía “Polara” y su desgarradora atmósfera con el hilo de voz “Who are you?”.

Alcanzamos a ver el final de la actuación del cuarteto británico The Magic Gang, con un pegadizo ramillete de baladas pop que cantan a coro.

Discreción elegante e hipnótica la de Elena Setién, muy bien acompañada a las teclas por Mikel Azpiroz. “Someday, Somehow” comienza con una candidez inocente, casi celestial, para concluir en una distensión cabaretera. La músico también pide menos luz “y un poco más de rojos”; pues precisa de una calidez difícil de lograr en este recinto tan frío.

“The Land Of Many Eyes” nos mece en una cadencia potente. Su minuciosidad y concentración a los teclados la convierte en una suerte de orfebre. “El sonido con todos vosotros ha mejorado 800 mil veces”, agradece.

“¿Sabéis cuando estáis de fiesta y de repente os detenéis porque veis brillar algo… y luego seguís de fiesta?”, pregunta, cómplice y enigmática. Susurra “1, 2, 3…” y da inicio entonces a “We See You Shining For A While”, un dulce adelanto de su próximo álbum, “Another Kind Of Revolution”, que verá la luz en febrero de 2019.

He de admitir que mi prejuicio basado en la nada semidesértica auguraba un recital mucho más desnudo e íntimo. Pero hay muchas capas (de lucidez y luminosidad). Azpiroz se pasa al piano para la áurea “Dreaming Of Earthly Things”, y tras interpretar la melancólica “The Old Tree” –“ya nadie se acuerda del viejo árbol”, ay-, Setién observa: “En este espacio estamos con seis segundos de reverb natural, ¿lo podéis oír? ¡Viva el reverb!”.

A ritmo de susurrante beatbox y con una reverberación que se antoja ahora inmensa; Setién repite en loop “In the morning I’ll be gone” y nos envuelve en su atmósfera tan particular e irrepetible. “Era una improvisación. Me gusta improvisar. Esto es lo que me ha salido aquí”, aclara.

Al otro lado de este escenario, separado por un pasillo a la intemperie, Belako lanza su artillería con frescura y potencia, prueba de ello es “Render Me Numb”, tema que da título a su más reciente trabajo, el cual también alude a la violencia trivial. Auspiciados por un nutrido público, se muestran en forma. A la cantante Cris Lizarraga se la ve tan a gusto ‘tirada’ en el suelo, mientras trastea con los pedales y demás parafernalia. No traen consigo la puesta en escena que acompaña al nuevo álbum, ni falta que les hace. Entusiastas y con garbo, entonan uno de sus hits más aplaudidos, “Sea of Confusion”, con su coro final ad hoc “¡Ey! ¡La-la-ra-la!”.

Concluyen con “Over The Edge”, precedido del ya habitual discurso feminista a cargo de Lizarraga, el cual recibe una sonora ovación.

“Un hombre a solas con su guitarra debería ser sagrado. El silencio sepulcral debería sobreentenderse, pero no hay manera. Nunca había visto un escenario tan lleno y tan poco respeto”

Los prolegómenos del recital de Damien Jurado ya apuntan maneras: se me atragantan los noodles Pad Thai a precio de aeropuerto con una pareja (bastante) premillenial que decide sentarse frente a mí para darse el lote, sí es que aún hay quien utilice/entienda esta expresión. En mi adolescencia, léase los 90 y su nefasta estética bakaladera, decíamos “comerse los mocos”. Así de gráfico y asqueroso. Al menos están callados durante ese rato. La verborrea insoportable cuando el concierto está a punto de comenzar me pone sobre aviso y decido acercarme, ilusa, a las primeras filas, pensando que allí encontraré respeto. Pero no.

Jurado tiene cara de pocos amigos desde su inicial “Allocate”, tema de apertura de su último disco, “The Horizon Just Laughed”. No para de mirar en derredor, como en busca de auxilio, una explicación, una cámara oculta. Su cantar susurrante apenas se percibe entre el cacareo abrumador e intolerable. Demasiado intimista para semejante algarabía con ganas de fiesta.
Un hombre a solas con su guitarra (si bien le acompaña otro paciente guitarra) debería ser sagrado. El silencio sepulcral debería sobreentenderse. Parte del público respetable pide silencio vía explícitos “¡Sssssch!”, pero no hay manera. El cantautor de Seattle alza la guitarra al micro de vez en cuando, cabecea y al final, tras el desplome de un montón de vidrio como nefasto sonido ambiente –barra cercana-, pregunta directamente: “¿Qué demonios está pasando?”. No lo sé, estimado Damien, pero no me quiero quedar a verlo, lo siento. Nunca había visto un escenario tan lleno y tan poco respeto. Me quedo con el hermoso salvavidas en forma de peculiar bossa nova “Marvin Kaplan”.

Baño curativo de masas con Slowdive. Instrospección a modo de retorcida nana, que otorga un aura espacial al estilo The Cure. Canciones que desgarran el alma como la inicial y sublime “Slomo” o “Catch The Breeze”. Como para quitar hierro al asunto, la cantante y guitarrista Rachel Goswell se balancea sonriente durante todo el concierto. Reverb y serpientes de cascabel, aciertan a construir un espacio adimensional; un estado catatónico que sólo rompen con guitarras desgarradoras, como para salir del trance… y luego volver a caer en él. No podían haber elegido un mejor nombre para su banda.

No obstante, las melodías y voces pueden resultar al cabo de un tiempo un tanto monótonas en su melancolía ampulosa, cuando no asfixiante. Hay que tener el alma fibrosa y tensada para no sucumbir en estas aguas tan turbias e intensas. Continuum de espectro tonal. Catarsis con “No Longer Making Time”: sus cualidades hipnóticas son innegables. Despedida monumental con la cover “Golden Hair”, del no menos intenso e introspectivo Syd Barrett.

La brutal portada del último disco de los cabezas de cartel Editors, “Violence”, preside el escenario. El cantante y líder de la banda Tom Smith no dejará de moverse con solvente expresividad durante todo el concierto. El tema de apertura del citado álbum, “Cold”, suena mucho más dinámico –y nada frío- en vivo. Pese a conservar la oscuridad del post-punk anglo más industrial, suenan bastante a pop de estadio. De hecho, entre el público se oyen futboleros “oé-oé”. Muchos temas de su más reciente trabajo son de lo más bailables, base tecno y sintes mediante, como en la propia “Violence”, con su coreable “uooh-oh, vio-len-ce”.

Vibrante “All Sparks”, temazo muy Interpol, del que fuera su álbum debut “The Back Room”. Entrega total (y teatral) del enjuto Smith en el hit de hace unos años “A Ton Of Love”. Coros en falsete para “Nothingness”, pura radio fórmula. Destaca la ejecución salvaje del batería Ed Lay, si bien es el beat electrónico el que de verdad parece prender al público, combustible del cantante, cada vez más grandilocuente e imparable en medio del espectáculo de luces.

“No Sound But The Wind” aporta un poco de sosiego a esta violencia churrigueresca, con un más calmado Smith al piano. Épico final con “Smokers Outside The Hospital Doors”.

Sábado 27

Suena el tema final del suave trip hop de Hakima Flissi, y el público se mueve rápido cual borrasca acechante al escenario contiguo, para ver a los ojos Rolling Blackouts Coastal Fever. Se cumple la ley no escrita de que toda banda proveniente de Melbourne, Australia, no puede ser mala. Estos jóvenes imberbes no habrán inventado nada, pero pasamos un buen rato con su power pop fresco y desenfadado, que invita a olvidarse del desapacible temporal y el caos inminente del ¿último? cambio de hora. A ratos recuerdan un poco a Violent Femmes.

Presentan orgullosos su primer LP, “Hope Downs”, con temas de estribillos pegadizos como “Talking Straight”, que los tres guitarras cantan a coro. Deducimos se traen fans de casa, pues las primeras filas reciben con entusiasmo “Mainland”. Suenan acordes de guitarra clásica para la soberbia “Fountain of Good Fortune” –tema de cierre de su recomendable EP “The French Press”-, que se va creciendo con sumo vigor. A modo de despedida, el cantante toma el relevo al batería, y éste, sin nada mejor que hacer, se decanta por un poco de crowd surf para finiquitar un bolo que nos ha puesto de muy buen humor.

Unknown Mortal Orchestra nos envuelve entre plantas tropicales y un halo siniestro. Con la venia, es una ida de olla considerable desde el inicio, con el cantante y guitarra Ruban Nielson correteando entre el público nada más comenzar. El combo neozelandés se antoja una especie de minipimer donde se trituran todos los estilos, desde la psicodelia al R&B, pasando por tintes soul, jazz y aderezo experimental. En su página de Facebook también aluden a la dadwave (¿?) y al depression funk. Ajá. Entremedias, largos solos de virtuosismo guitarrero al más puro estilo prog rock, un poco de distorsión y finales casi siempre abruptos. Contrasta lo atronador y experimental de su música con el cantar pop/soul de Nielson (p.ej. “Necessary Evil”), cuando no evoca hasta gospel. En una palabra, desconcertante.

Prueba de ello puede ser “Ministry of Alienation”, un tema a priori R&B que en directo deriva en demente psicodelia jazz, vía trompetista camuflado tras los teclados.
Relax chill out con “So Good At Being In Trouble”; en ocasiones su rollo soulful se torna algo empalagoso. Aclamada “Multi-Love”, tema en esa misma línea pero accesible para la pista de baile, al igual que la funky “Hunnybee”. Un sorprendido colega comenta sobre el líder de esta banda: “A este le gusta Prince fijo”. Poco después, el susodicho se pone en modo peonza a lo Michael Jackson.

Resulta que el bueno de Kurt Vile no se deja fotografiar, lo cual le resta puntos irremediablemente. ¿Qué más le dará?, se pregunta una, si se pasa prácticamente todo el concierto tras el tupido manto de su melena… En fin, al menos al término del tema de apertura “Loading Zones” –de su nuevo trabajo “Bottle It In”-, nos da las gracias y nos dice que nos quiere (dos veces). Su banda suena bien y su voz rasgada es agradable, pero conforme avanza el bolo, su languidez característica ahonda en la monotonía y la planitud vocal. Trasiego continuo de guitarras: el exWar On Drugs no repite guitarra en ningún tema.

Nos asomamos un par de minutos al escenario Antzerkia para ver a Sun Kil Moon, que parece una especie de predicador, muy Spoken Word: un recital de irónica poesía.

Regresamos a Kurt Vile, que sigue a lo suyo, cerrando cada tema con grititos yanquis del tipo “Wow!”. Se agradecen bellas aunque cortantes canciones como “Cold Was The Wind”, de marcado halo Dylanesco; así como el desgarro en forma de grito grunge, en contraposición a su folk desaliñado (“Check Baby”).

La introspección cansa, así que su hit “Pretty Pimpin” arroja algo de luz. Presenta a la banda para introducir el penúltimo tema (“KV Crimes”): “Pero esta canción no es sobre ellos (sus músicos), sino sobre mí”. De quién si no…

Sin traicionar su estilo, tal vez debiera haber aprovechado más a su grupo y haber añadido algo más de dinamismo a su actuación, que termina de máximo bajón con la balada acústica “Peeping Tomboy”, completamente a solas.

Expectación y curiosidad por ver a la banda del que fuera líder de Pavement, Stephen Malkmus & the Jicks. Nos brindan ritmos sugerentes, por lo que es fácil entrar al trapo. Melodías pop con algo de saludable mala baba. Es el caso de “Bike Lane”, donde un juguetón Malkmus exhibe alguna pose rock star, tocando la guitarra tras la nuca o dejándola caer del hombro boca abajo. Además de ser un temazo en lo melódico, las letras versan sobre la muerte del joven Freddie Gray, quien falleció a los 25 años cuando la policía de Baltimore le trasladaba a comisaría.

Durante la retorcida balada “Share The Red”, se va el sonido de los amplificadores y con él, la magia. Por suerte, son sólo unos segundos en los que la banda norteamericana se queda en modo mute.
Cierto regusto blues aquí y allá, teclados funk en “Kite” y jam session decadente en “Houston Hades”. La segunda mitad del bolo exuda dream pop, hasta que suena uno de los hits más representativos de Pavement, “Stereo”, que el público corea con ganas.

Puesta en escena exuberante la de los esperados MGMT, muy bien acompañados por su banda, plantas artificiales, columnas de estilo dórico y un despliegue visual espectacular. En las pantallas, arde una casa encantada durante “When You Die”, del LP “Little Dark Age” (2018). Hordas de millenials se pliegan anonadados ante la era de la imagen. Tiran del conocido rompepistas y banda sonora en numerosas películas y/o anuncios “Time To Pretend”. Muy buen título, por cierto. “¿Estáis de buen humor?!”, se interesa por nuestro estado de ánimo en Facebook el cantante Andrew VanWyngarden. Cada tema tiene su propio videoclip en pantalla gigante. Y no sólo eso: el líder de la banda pedalea en una bicicleta estática, copa en mano, mientras canta “She Works Out Too Much”. Pirotecnia catódica de corte un tanto kitsch, como las bailongas figuras cuyos cuerpos arden y sus cabezas son el emoji de la caca. ¿Critican el sistema o simplemente se benefician de toda esta parafernalia aberrante?

En cuanto al sonido, suena un tanto saturado, quizá por el conglomerado de distorsión y autotune que emplea VanWyngarden a la voz. Más temas para una pista de baile en ebullición, más edulcorantes, más hits adulterados. Incluso inflan un bichejo gigante con cara circunspecta.

En absoluta contraposición a semejante despliegue, el guitarrista sueco José González se sobra y se basta con su guitarra para conquistar una sala a rebosar, por fortuna algo más comedida que el público que asistió a Damien Jurado la jornada anterior. A medio camino entre el misticismo introspectivo de Nick Drake –salvando toda distancia- y el indie ambiental, González toca a oscuras y ensimismado; ajeno a los vítores –un tanto exagerados-, que despiertan temas como el aclamado “Crosses”.

Una guitarra y algo de verdad. No hace falta absolutamente nada más. Ni globos, ni efectos psicotrópicos ni castillos hinchables. Ni, por supuesto, tuents.

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Amaia Santana
Periodista, autora de haikus y loser influencer, cuando no se encierra en su batcueva se dedica a ir a conciertos y a ver la vida pasar. Garage, punk, rockabilly o pasodoble, no concibe la vida sin música ni café

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