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Rock ‘n’ Roll Music: The Reverendos + Albert Cavalier + Graceband + Hendrik Röver y Los Míticos GTs. Chuck Berry sigue vivo

Fotografías: Lore Mentxakatorre

Que nadie deduzca del título escogido para esta crónica que el redactor de la misma, un servidor, es de esas personas que dicen haberse topado con famosos fallecidos en islas remotas o repostando en gasolineras de alguna carretera perdida. Además, que se sepa, Chuck Berry sigue bajo tierra desde el día 18 de marzo, lo que para nada significa por otro lado que su espíritu musical no siga estando presente entre todos nosotros, seamos aficionados o profesionales del gremio. Así quedó refutado en una nueva edición del ciclo Izar & Star, en esta ocasión dedicada al, muchísimo más que, inventor del “paso del pato”.

Acometer el reto de homenajear a una figura tan popular y con algunos temas enormemente reconocibles como es el caso del norteamericano suele proporcionar dos variantes posibles: optar por montar un karaoke de nivel en el que buena parte del público se imbuya o verdaderamente tratar de mostrar su influencia a través de adaptaciones personales de su legado. La elección, por suerte, fue esa segunda y aunque pueda restar a veces algo de comunión con el sector de asistentes más proclives a la “literalidad”, resulta a la larga mucho más gratificante contemplar una visión casi rashomoniana de la herencia ofrecida por Chuck Berry.

Aplicar esas miradas particulares no conlleva necesariamente alejarse de su sonido más reconocible, como por ejemplo sucedió con The Reverendos, (esta vez) cuarteto que tomó la raíz más rockabilly-negroide para centrarse en el disco “St. Louis to Liverpool” en la siempre difícil tarea de abrir una noche de este tipo, con público todavía por llegar y asentarse. Paulatinamente los vizcaínos iban a dar fuste a su actuación, iniciada con “Things I Used To Do” y que por medio de la trotona “Promised Land” iría alcanzando cotas muy notables al desembocar en un último tramo en las que aparecieron las míticas “No

Particular Place to Go” y “You Never Can Tell”, con incitación -no demasiado acogida- para que el respetable bailara sobre el escenario, pero sobre toda la enérgica “Go Bobby Soxer”. Graceband, supergrupo formado en su momento para homenajear a otro “dios” como Elvis Presley, y entre los que se encuentran el “reverendo” Igor, Carlos Beltrán o el carismático frontman Jon Gartxi, enlazaba, en una manifestación más bailable y comunicativa , estilísticamente con los anteriormente citados.

Probablemente fueron ellos los que (re)interpretaron de manera más fidedigna al guitarrista, lo que trajo aparejado el reconocimiento de un público que disfrutó especialmente con el medley final en el que integraron varios de sus más famosos éxitos. Colofón a un explosivo recorrido marcado por temas como “You Can’t Catch Me”, la más sensual “Nadine”, o la siempre pegadiza “Sweet Little Sixteen”.

Entre medio de ambas formaciones aparecieron los jovencísimos donostiarras Albert Cavalier con un claro propósito: destrozar cualquier ortodoxia, cosa que hicieron y tan contentos se quedaron, como muy bien dijeron en el impasse producido por el obligado cambio de bajo. Lo suyo estuvo ligado a texturas densas, desarrollos complejos y retorcidos con la vista puesta en The Jesus and Mary Chain, Sonic Youth o la Velvet. Exactamente, ingredientes opuestos al concepto musical que a priori engloba Berry y que incluso por momentos dificultaron reconocer las adaptaciones escogidas. Interpretaciones peculiares entre las que se agolparon la sedante “Dont You Lie To Me” o las más robustamente densas “Maybellene” o “Almost Grown”. Quizás (con toda seguridad, en verdad) retorcieron demasiado una arriesgada apuesta que les alejó del ambiente dominante, pero no es desdeñable la opción rupturista de saltarse cualquier parámetro establecido.

Hendrik Röver y Los Míticos GTs, denominación que usa el cántabro para su más reciente presentación en solitario, también filtraron el cancionero bajo su propia y muy identificativa perspectiva – pero esta vez sí de manera acorde al contexto- , a base de principalmente un blues-rock sudoroso irremediablemente deltonianao. Con la sobriedad, que no le impidió a su líder mostrar magníficos manejos solistas de la guitarra, y contundencia habitual comenzaron con “Thirty Days” para ir afilando, o mejor dicho engrosando, su sonido hacia ritmos boogie hasta hacer saltar chispas con “Around and Around”, “Back to Memphis” o la encargada de cerrar “It’s My Own Business”.

Lo más importante para un creador, e incluso para uno como Chuck Berry con unas características muy delimitadas y concretas, es la capacidad de esparcir su semilla por diferentes generaciones y escenas musicales. El pasado viernes por el Kafe Antzokia desfiló una reducida representación de varias de ellas -alguna incluso más discordante pero reseñable por su osadía- que aportaron sus colores al complejo retrato de uno de los genios que ha dado el rock and roll, del que pudimos disfrutar de la mejor manera: con buena música, buen ambiente, y unas tremendas composiciones tamizadas por manos admiradoras.

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