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Ana Curra: “Mozart, Bach y Chopin fueron lo más punk de su época”

Ana Curra

La músico e icono del punk patrio Ana Curra cicatriza heridas con ‘El Acto’ y reivindica la transgresión ante una situación actual “crítica”

Han pasado tres décadas entre la euforia de La Movida ochentera y la incertidumbre y desidia actuales. Ana Curra (Madrid, 1958) se exaspera ante un “mundo al revés”, mas no se calla y reivindica, ahora más que nunca, “una actitud a la contra”. En contra de los abusos, de la pérdida de derechos y libertades, de quedarse en casa lamentándose. Con su gira de El Acto alza la voz por el legado de la banda de culto Parálisis Permanente, y con ella reivindica la capacidad de transformar, a través de la música –o del arte que se prefiera-, todo aquello con lo que no estamos conformes. Pura actitud punk.

¿Qué representa para ti ‘El Acto’ en este momento? ¿Es un acto de justicia, terapéutico…?

Un poco de ambas. Es una historia que me pertenece. Cuando tuvimos el accidente -de tráfico, en el que murió el cantante de Parálisis Permanente y su entonces pareja Eduardo Benavente-, continué con Seres Vacíos, y no volví a tocar ese repertorio. Han tenido que pasar tres décadas para darme cuenta de que Parálisis Permanente ha sido (y es) muy importante para muchísima gente. Por fin tengo la capacidad de cerrar este círculo vital.

¿Era una deuda pendiente entonces?

Sí, siempre lo he explicado así, como una deuda pendiente, en un sentido terapéutico y también por derecho… y deber. Cuando pones estas canciones al servicio de los demás, pasan a ser de todos y dejan de pertenecerte. Durante mucho tiempo lo entendí como algo mío, y a la vez el propio trauma me tenía encerrada… Representar El Acto ha sido muy liberador a nivel personal, francamente (sonríe).

Defiendes ‘El Acto’ “con seguridad y sin nostalgia”.

Exacto. Por eso he necesitado tanto tiempo para poder llevarlo a cabo, porque quería reivindicar el legado de un grupo cuyas canciones, absolutamente viscerales, trascendieron; y quería hacerlo sin ningún tipo de nostalgia. Eduardo no está, pero yo sí; y tengo todo el derecho a legitimarlas, porque el repertorio es de los dos. No he querido emular en ningún momento aquello. No es Parálisis Permanente porque Eduardo no está, por tanto nunca lo he llamado así. Es Ana Curra que viene a representar El Acto. Eso siempre lo he dejado muy claro. Quiero que el público se encuentre algo absolutamente poderoso, no una revival de aquella época, sino un sonido puesto al día.

¿Crees que ha habido un olvido injusto o una falta de reconocimiento a Parálisis Permanente?

No sé qué decirte, porque ahora que estoy levantando la voz por el legado de este grupo, me doy cuenta de su valor y de todo lo que representa para mucha gente, pues ha trascendido a generaciones más jóvenes. Ese es el único reconocimiento que me interesa: el de quienes la música de Parálisis Permanente les ha supuesto una transformación en su vida. Esa gente igual no tiene capacidad de llevarte a un súper festival o pagarte un caché, pero tampoco lo pretendo. Yo me siento cómoda así, cuidando cada Acto con mucho respeto y mimo. Lo hago así porque quiero hacerlo así. El resto me da igual. Siempre fuimos un grupo de culto y seguiremos siéndolo. Y mejor que se quede ahí, de lo contrario enseguida se prostituye.

¿Qué tipo de público te sueles encontrar en ‘El Acto’? ¿Testigos de primera mano o jóvenes que recogen ese legado?

Hay de todo, y es muy bonito que de repente te venga una chavalita de 16 años y te diga: “¡Es que no me dejan entrar a la sala!” (por ser menor de edad). Y se queda esperando a que termine el concierto y salgas para decírtelo. Esto nos ocurrió en México. Había varios chavales de entre 13 y 16 años, que habían escuchado a Parálisis Permanente a través de sus padres, en una casete. Piensas que son el siguiente eslabón de una cadena, y eso es precioso: comprobar que hay determinados mensajes, determinadas canciones y formas de ver la vida que merecen la pena. De alguna manera, te das cuenta de que pertenecen a tu pandilla (risas) y que tal vez no estabas tan equivocada. Siempre hay gente moviéndose en el subsuelo, en el underground, con una postura vital a la contra. Porque hoy, más que nunca, hay que estar a la contra.

Se ha hablado, aún se habla y te preguntarán siempre por ‘La Movida madrileña’. ¿Estás de acuerdo con esta definición: ‘La movida fue en realidad un movimiento de euforia sin límites que necesitaba de medios expresivos más espontáneos para manifestarse como la música’? (Vía ‘Los años de la movida’, de Pedro González)

Sí, fue algo totalmente espontáneo, fruto de la necesidad de salir del corsé (franquista) en el que estábamos. Veníamos de la censura, entonces eso explota y se crea algo eufórico como fue La Movida. Eso fue a nivel de calle, pero en cuanto lo tomaron las instituciones, se pervirtió, como siempre… De modo que sí, estoy totalmente de acuerdo con esa definición.

¿Aún se puede transgredir?

Más que nunca.

¿De veras cabe la transgresión en un panorama punk/rock tan estandarizado y cada vez menos espontáneo?

Por supuesto. Cuando te dan bazofia, acabas lleno de bazofia. Lo que hay que hacer entonces es quitarse la mierda de encima. Hoy más que nunca debemos reivindicar alto y claro los derechos fundamentales y el derecho a ser nosotros mismos. Existe muchísima información, pero está absolutamente manipulada. Si tú no tienes capacidad para discernir, entonces, ¿qué tipo de propuesta transgresora vas a realizar si tú eres el primero que está perdido?

¿Qué se puede hacer entonces?

Los que ya hemos vivido este tipo de procesos y comprobamos que la mentira, la esclavitud y la pérdida de libertades van en aumento, que aquí todo el mundo se cree la milonga de que es por nuestra propia seguridad… Se han invertido tanto las cosas que hasta para tocar tienes que pagar, ¿pero qué mundo es éste? ¡Si está todo al revés! Nosotros tenemos la obligación seguir gritando alto y claro. Siempre hay gente que tiene las ideas muy claras y que está dispuesta a alzar la voz. En estos momentos vivimos una situación tan crítica que creo posible que la actitud del punk o como lo quieras llamar –me refiero al punk como forma transgresora, las etiquetas me dan igual-; impulse muchas propuestas interesantes.

¿Algún grupo actual que te llame la atención a este respecto?

Las inglesas Savages me parecen absolutamente reivindicativas en su actitud, y tienen una propuesta de directo muy interesante. Eso es muy importante: para salir a un escenario, tienes que creértelo tú primero, debes tener una propuesta con poderío que seas capaz de transmitir al público. Grupos haciendo canciones hay a punta pala, pero que aporten algo diferente, no tantos. Es fundamental ser veraz, tener algo que contar, algo que te llegue y te haga bombear el corazón.

“Lo que le ha ocurrido a César Strawberry esconde mucho peligro. Es censura pura y dura. Y eso ya lo hemos vivido”

¿Qué opinas sobre lo ocurrido con César Strawberry y sus ‘tuits’?

Es una gilipollez, demencial. Una chorrada que carece de sentido pero que a la vez esconde mucho peligro. ¿Cómo puede ocurrir esto? Es censura pura y dura. Nosotros ya lo hemos vivido. Cuando estaba en Alaska y Pegamoides, tuvimos que cambiar la palabra Terror por Horror (en el tema Horror en el hipermercado). No nos admitían la primera por su supuesta relación con el terrorismo. Sin embargo ahora, 30 años después, resulta que aún me censuran una fotografía de Alberto García-Alix que utilicé para unos carteles promocionales en México. Todo porque aparezco con una máscara, un sujetador y unas braguitas de cuero, ¡ya ves tú! Y me la quitaron… ¡Pero bueno, si esto es una obra de arte! (ríe con indignación contenida) ¡Cómo se os ocurre quitar ese fotón, expuesto además en el Reina Sofía! Es una incoherencia, para volverse loco.

¿Has conseguido implantar algo de espíritu punk en el Conservatorio de El Escorial (donde imparte clases de piano)?

Me encanta la música clásica, doy clases allí y tengo que ceñirme a un programa, pero te voy a decir algo que a lo mejor te extraña: Mozart, Bach y Chopin fueron lo más punk de su época. Fueron absolutamente transgresores, se saltaron todas las normas y en su vida sufrieron bastantes carencias. También Schubert, por ejemplo, vivió de manera infame, en un habitáculo, muerto de hambre. O Beethoven, que fue expulsado de todos los centros de estudio; o Bach, que no encontraba la forma de subsistir… Por cierto, no me gusta llamarla música clásica.

¿Por qué?

Porque me parece que se la estamos dando a las élites, que se la apropian. Por eso me gusta referirme a ella como música inmortal. Porque lo es. Y nos pertenece a todos. Mi misión allí (en el Conservatorio) es transmitirles esta idea, contarles que estos personajes son genios y que transgredieron todo. Procuro darles este mensaje. ¿Que luego podemos hacer también una canción de los Sex Pistols? ¡Pues se hace! (risas).

¿Lo habéis hecho?

¡Claro! ¿Por qué no? De eso se trata precisamente: de romper estereotipos. Les pregunto a mis alumnos: “¿A ti qué te gusta, Radiohead? ¡Pues venga!”. Y tocamos una canción de Radiohead al piano.

¿Cómo fue reunir a Richard Hell y a Leopoldo María Panero (entre otros muchos ilustres) en el encuentro de poesía del Festimad?

Fue fantástico, eso ocurrió en el primer Poética, que organicé junto a César Scappa (“viejo amigo” y miembro actual de su banda). Reunimos a una veintena de poetas, desde Agustín García Calvo a Manolo Kabezabolo.

Rescatasteis a Panero (del manicomio)…

Fue la primera vez que salía en muchos años; bueno, él venía a la radio en Bilbao, desde Mondragón. Pero nosotros lo llevamos a Madrid y estuvo en el escenario junto a Lydia Lunch… O sea, hicimos un cartelazo de flipar. Además, nos fuimos a Chiapas, a entregar el dinero que habíamos recopilado en el festival para la causa zapatista. De hecho, abrimos el encuentro con unas palabras muy poéticas del subcomandante Marcos: “(…) Nosotros, los sin rostro, aquí hacemos una convocatoria a todo el planeta para que nos unamos…”. La suya fue una revolución romántica, sin violencia. Abogó por la revolución interna, por el despertar de cada uno, animó a decir “NO”. Nos enseñó asimismo que no estamos solos. En todas partes del mundo hay una mujer maltratada, abusos, esclavitud… La poesía, la música, cualquier arte, poseen una capacidad transformadora muy potente. Creo que todo aquel que domine cualquiera de estos lenguajes tiene la obligación de emplearlo para algo más que hacer el paripé y salir en Telecinco. El arte sirve para transformar todo aquello con lo que no estamos conformes.

Por mucho que se empecinen algunos en silenciar esas voces…

¡Por supuesto! Tampoco es cuestión de quedarse en casa lamentándose. Ni hablar. Es mucho más creativo, beneficioso y saludable para ti transformar esa rabia, esa indignación. ¿Escribes? Pues escribe. ¿Pintas? Pues pinta. Cualquier cosa es arte si transforma. Arte es, por ejemplo, cuando una madre se mete en la cocina y te prepara esos platos tan ricos que dices: “¡Me has dado la vida otra vez!” (risas).

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Amaia Santana
Periodista, autora de haikus y loser influencer, cuando no se encierra en su batcueva se dedica a ir a conciertos y a ver la vida pasar. Garage, punk, rockabilly o pasodoble, no concibe la vida sin música ni café. Colaboradora de RIB.

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